En los últimos tres años, México se convirtió en uno de los destinos favoritos de la industria de centros de datos en América Latina. Querétaro, el Estado de México y Nuevo León concentran la mayoría de los anuncios: Microsoft, Amazon Web Services, Kio Networks, ODATA y otros operadores han presentado proyectos de cientos de millones de dólares, vendidos siempre con el mismo argumento —empleo calificado, inversión extranjera, «México como hub digital de Norteamérica».
Lo que casi nunca aparece en esos anuncios es una pregunta más simple: ¿de dónde va a salir el agua para enfriar esos servidores, en regiones que ya tienen estrés hídrico documentado por la propia Conagua?
El Bajío, la región más señalada
Querétaro se volvió el corredor de centros de datos más grande del país al mismo tiempo que el Bajío —Guanajuato, Querétaro, parte de Jalisco— arrastra años de sobreexplotación de acuíferos, según los propios informes de disponibilidad de agua de Conagua. No es una coincidencia geográfica inocente: la región es atractiva para estas inversiones por la misma razón que preocupa a los ambientalistas locales —electricidad relativamente estable, cercanía a los corredores logísticos del centro del país, e incentivos fiscales estatales que compiten agresivamente por atraer al inversionista.
El caso más visible es el de Nuevo León, que además ya vivió en carne propia lo que significa competir por agua: la crisis hídrica de Monterrey de 2022, con cortes de suministro doméstico de meses, ocurrió en la misma zona metropolitana que hoy recibe anuncios de nueva infraestructura digital e industrial pesada bajo el paraguas del nearshoring. La memoria de esa crisis es reciente y política —y es justo la que las presentaciones corporativas prefieren no mencionar.
El argumento oficial y lo que deja fuera
El discurso de gobiernos estatales y federal es consistente: estos proyectos no compiten con el agua potable porque usan agua tratada, agua de pozos propios o sistemas de enfriamiento de circuito cerrado que no dependen de la red municipal. Es una defensa técnicamente posible —existen tecnologías de enfriamiento que usan mucha menos agua que el modelo tradicional de torres evaporativas— pero que casi nunca viene acompañada de auditorías públicas e independientes que confirmen qué sistema usa cada proyecto en concreto, ni cuánta agua extrae en realidad su pozo propio del mismo acuífero que abastece a la población cercana.
La opacidad no es exclusiva de México: es el patrón global de la industria, como muestra el caso de un centro de datos de Google en Oregon, Estados Unidos, que solo reveló su consumo real de agua después de presión legal. La diferencia es que ahí existió el mecanismo para forzar esa transparencia. En México, la concesión de agua para uso industrial se tramita ante Conagua y en teoría es información pública, pero rastrear qué volumen específico se asignó a qué proyecto, en qué municipio, requiere un ejercicio de transparencia que casi nadie —ni periodistas, ni autoridades locales— está haciendo de forma sistemática.
Lo que sí está en juego
Nadie está proponiendo que México rechace esta industria. La inversión es real, genera empleo calificado y posiciona al país en una cadena de valor que de otra forma quedaría enteramente en manos de Estados Unidos. El problema no es que existan centros de datos: es que se estén aprobando con la misma opacidad con la que se aprobó, durante décadas, la industria que ya dejó exhaustos varios acuíferos del país.
La pregunta que debería hacerse antes de cada nuevo anuncio de inversión no es si el proyecto trae empleos —probablemente sí los trae—. Es si el gobierno estatal que lo firma está dispuesto a publicar, con cifras verificables, cuánta agua le concedió y de qué cuenca la va a sacar. Hasta que esa cifra sea pública por default y no por demanda o presión, la promesa de que «no compite con el agua de la gente» es una afirmación de la empresa, no un hecho verificado.
Este análisis es parte de una investigación más amplia sobre cuánta agua y electricidad consume realmente la inteligencia artificial, y qué parte de esa cifra viral es mito.
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