El domingo 11 de octubre, miles de personas marcharon de la Glorieta La Minerva a Casa Jalisco para exigir agua limpia. Llevaban meses recibiendo en sus llaves agua turbia, con sedimentos y mal olor. La protesta terminó con policías antimotines, gas lacrimógeno y detenidos. Esa misma semana, en la Ciudad de México, vecinos llenaron los foros del Programa de Ordenación de la Zona Metropolitana del Valle de México por miedo a que la actualización catastral disparara el predial.

Parecen dos noticias sin relación. La divulgadora Vero Teigeiro sostiene que son la misma: en un video publicado el 15 de octubre, con el que arranca una serie sobre infraestructura urbana, plantea que las ciudades mexicanas están construidas y administradas de forma insostenible, y que el agua de Guadalajara y el predial de la capital son síntomas de ese problema de fondo.

Sostenible no significa ecológico, también significa pagable

La definición clásica de sostenibilidad es atender las necesidades del presente sin comprometer las de las generaciones futuras. Casi siempre se lee en clave ambiental: no sobreexplotar acuíferos, no talar de más. Teigeiro insiste en la parte que nadie quiere discutir, la financiera.

Una obra pública no tiene que dar ganancias, pero sí tiene que poder pagarse: primero su construcción y después su operación y su mantenimiento durante décadas. Una calle necesita bacheo, alumbrado y drenaje. Un hospital necesita personal, insumos y equipo que se renueva. Si ese costo no se calcula desde el principio, la obra se deteriora hasta dejar de servir.

El “culto a la infraestructura”

El concepto es del urbanista estadounidense Charles Marohn: la creencia de que toda obra es positiva por definición. Bajo esa lógica, cuestionar un tren, un puente o un desarrollo inmobiliario se interpreta como oponerse al progreso.

Teigeiro describe cómo funciona con los desarrollos privados. Una inmobiliaria pide permiso para una torre de 30 pisos; el gobierno la autoriza porque puede presumir empleos e inversión, y a cambio le exige obras de mitigación: drenaje, luminarias, áreas verdes, calles nuevas. En el mejor de los casos las paga el desarrollador. Pero el mantenimiento de todo eso, para siempre, lo absorbe el municipio. Se da por hecho que la recaudación futura alcanzará. Ese cálculo casi nunca se hace.

Por qué el dinero no alcanza

Hay dos razones estructurales:

  • México recauda poco. Según el informe Estadísticas Tributarias en América Latina y el Caribe 2026 de la OCDE, el país recaudó el equivalente a 18.3% de su PIB en 2024. El promedio regional es 21.7% y el de los países de la OCDE, 34.1%.
  • El dinero se reparte al revés. Lo que deja el crecimiento de una ciudad (IVA, ISR) va sobre todo a la Federación, mientras que el peso de construir y mantener calles, agua y drenaje recae en estados y municipios, que tienen poca capacidad de generar ingresos propios.

Por eso el predial es tan sensible. Es de los pocos impuestos que cobra directamente el gobierno local y casi el único con el que puede pagar el mantenimiento de la ciudad. El gobierno capitalino aseguró que en 2027 no subirá y anunció que pedirá cambios al programa. La discusión de fondo, cuánto cuesta sostener la ciudad que ya existe, sigue pendiente.

Lo que conviene preguntar

La propuesta de la serie no es dejar de construir, sino cambiar la pregunta. Ante cualquier obra anunciada, sea un parque, un hospital o un tren, la duda útil no es si hace falta, sino cuánto cuesta mantenerla cada año y de dónde saldrá ese dinero. Sin esa respuesta, la inauguración es apenas el principio de un gasto que nadie presupuestó.

Con información del video de Vero Teigeiro (TikTok, 15 de octubre de 2026), El Informador, la OCDE y el Gobierno de la Ciudad de México.

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