La marcha 15 de noviembre Generación Z dejó al descubierto un patrón preocupante: el gobierno provocó el caos, polarizó a la población y trató a los jóvenes como enemigos.
La marcha 15 de noviembre Generación Z demostró algo que muchos sospechaban: cuando la ciudadanía expresa su inconformidad, el poder responde no con diálogo, sino con fuerza, manipulación y polarización. Lo que ocurrió en las calles de la Ciudad de México no fue un accidente, ni un exceso espontáneo. Todo parecía formar parte de un diseño político donde el caos era necesario para justificar la represión.
Un patrón regional: infiltrar, provocar y reprimir
Lo visto el 15N sigue un libreto conocido en países donde el gobierno ha utilizado la polarización como herramienta de control. Nicaragua, Venezuela y Cuba han aplicado la misma receta durante años: infiltrar protestas, generar disturbios, culpar a la oposición y usar la violencia estatal como justificación. En México, estas tácticas ya no son ajenas, y la marcha 15 de noviembre Generación Z mostró paralelismos inquietantes.
Antes de la manifestación, el discurso oficial ya había hecho su trabajo: descalificar, etiquetar y generar sospechas. Todo aquel que anunciara su asistencia era inmediatamente señalado como parte de “la derecha”, “la ultraderecha” o incluso como manipulador de jóvenes. Es el mismo mecanismo repetido una y otra vez: polarizar, polarizar y polarizar.
La violencia no empezó con los jóvenes: empezó con el gobierno
La marcha avanzó pacíficamente por Reforma: estudiantes, familias, colectivos de desaparecidos, adultos mayores y ciudadanos sin partido caminaron juntos hacia el Zócalo. Pero al llegar al cerco metálico —una valla gigantesca colocada por la presidenta como si se tratara de una zona de guerra— algo cambió.
Encapuchados aparecieron de repente, golpearon vallas, hicieron movimientos coordinados y provocaron directamente a la policía. Acciones rápidas, calculadas y sin miedo a las cámaras. Un escenario demasiado similar al de los grupos de choque que en otros países han sido vinculados a operaciones del propio Estado.
La pregunta es inevitable: ¿quién gana cuando una marcha pacífica termina en caos? El gobierno. Siempre el gobierno.
Para muchos ciudadanos, lo ocurrido no fue casualidad. La violencia parecía diseñada para construir el pretexto perfecto: “la marcha se volvió violenta, por eso reprimimos”. La clásica excusa que abre la puerta al uso indiscriminado de gas lacrimógeno, golpes, encapsulamientos y detenciones arbitrarias.
Un Zócalo amurallado: un gobierno sitiado por su propio pueblo
El Zócalo amaneció cercado con un muro metálico digno de un país en estado de excepción. Esa valla enviaba un mensaje claro: el gobierno no confía en su pueblo. Mientras la marcha 15 de noviembre Generación Z avanzaba, el cerco simbolizaba la distancia entre ciudadanía y poder.
La policía, encargada constitucionalmente de proteger derechos, fue desplegada como fuerza de choque. Contra los delincuentes la narrativa es “abrazos”. Contra los jóvenes: gas, golpes y humillación pública. La contradicción es brutal.
La fábrica de narrativas oficiales
Tras la violencia, vino la segunda parte de la estrategia: controlar el relato. Voceros como Pigmenio, Pedro Miguel y otros perfiles alineados iniciaron campañas de desinformación, presionaron a periodistas y difundieron versiones que buscaban responsabilizar a la marcha en lugar de cuestionar la represión.
Uno de los ejemplos más difundidos fue un video publicado por “Derecha Diario”, donde se escucha a alguien gritar “get him” en inglés mientras agreden a un policía. Este fragmento fue utilizado para insinuar infiltraciones extranjeras, complots internacionales y operaciones oscuras, ignorando deliberadamente que también podría tratarse de una puesta en escena conveniente al poder.
Ese es el problema: el gobierno amplifica solo lo que sirve a su narrativa y guarda silencio sobre lo que evidencia abusos. La represión contra jóvenes quedó minimizada; la versión conveniente, amplificada.
En un país polarizado, el control del relato es tan importante como el control de las calles. El gobierno lo sabe.
Una receta conocida: polarizar, descalificar, luego victimizarse
Para sostenerse, el poder necesita dividir. Ser el bueno en una historia donde todos los críticos son villanos. Ese es el mecanismo de gobiernos autoritarios disfrazados de proyectos sociales: primero van contra los jóvenes; luego contra la prensa; después contra organizaciones civiles y grupos religiosos; finalmente contra cualquier voz libre.
La marcha 15 de noviembre Generación Z encendió las alarmas porque mostró el inicio claro de ese camino: criminalizar la protesta, exponer jóvenes en pantalla nacional durante la mañanera y construir la idea de que cualquiera que cuestione al gobierno es enemigo del Estado.
¿Por qué esta energía no se usa contra la delincuencia?
Lo que más indigna es el contraste. Para reprimir una marcha pacífica sí hay tiempo, recursos, logística, vallas, helicópteros y miles de policías. Pero para perseguir delincuentes reales, los resultados brillan por su ausencia.
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Pero para los jóvenes sí hubo castigo: exposición en pantalla gigante a nivel nacional, señalamiento mediático y un intento evidente de intimidación pública.
Organismos como la CNDH deberían analizar de cerca lo ocurrido. No está en juego solo una marcha, sino el derecho a protestar.
Conclusión: así fueron las marchas, así actúa el poder
El 15N no fue un accidente ni un exceso. Fue una estrategia. El caos parecía necesario para que el gobierno justificara la represión y fortaleciera su narrativa de polarización. La violencia no nació de los jóvenes; nació del diseño político del poder.
La marcha 15 de noviembre Generación Z será recordada como el día en que el gobierno dejó de fingir. Cuando convirtió a los jóvenes en amenaza, a la protesta en delito y a la crítica en traición.
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Por CRITIKA.MX







