La expresión estilos de vida saludables se ha vuelto común en la salud pública, pero pocas veces se cuestiona su verdadero significado. La idea parece técnica y objetiva, sin embargo, esconde supuestos y desigualdades profundas en la vida cotidiana.

El contexto social detrás del estilo de vida

No es lo mismo alimentarse con tiempo, recursos y acceso, que hacerlo tras largas jornadas laborales, con traslados extensos y opciones limitadas. La etiqueta de “estilo de vida saludable” se aplica igual a quienes pueden elegir y a quienes solo se adaptan a lo que hay disponible. Esta aparente neutralidad encubre diferencias sociales y materiales.

La noción de estilo implica capacidad de elección, pero muchas decisiones cotidianas están condicionadas por factores externos como el ingreso, el transporte o la oferta de alimentos. Así, lo que se presenta como elección personal puede ser, en realidad, un arreglo forzado por las circunstancias.

Origen y evolución del concepto

En 1974, Marc Lalonde propuso ampliar la mirada de la salud pública más allá de hospitales y médicos, distinguiendo entre biología humana, ambiente, organización de la atención y estilos de vida. Este enfoque permitió considerar factores cotidianos como vivienda, trabajo, ciudad y tiempo disponible, que influyen en la salud.

Con el tiempo, la epidemiología se centró en variables visibles y modificables como tabaquismo, alimentación, movimiento y sueño. Aunque no negaba el ambiente ni la desigualdad, era más sencillo intervenir sobre factores individuales que sobre condiciones estructurales. Así, el riesgo se localizó en la persona más que en el entorno laboral, el precio de los alimentos o la inseguridad.

De la moralización del riesgo al autocuidado

En 1980, Robert Crawford advirtió sobre el peligro de convertir la salud personal en una obligación moral, fenómeno que denominó salutismo. Su preocupación era que el daño o la enfermedad se atribuyeran principalmente a la gestión individual de los estilos de vida, desplazando la atención de las causas sociales.

Esta tendencia lleva a que quien fuma, come de cierta manera o no hace ejercicio deje de ser solo alguien expuesto a un riesgo, para convertirse en alguien que no se cuidó lo suficiente. Así, el riesgo epidemiológico se transforma en una biografía moral.

El autocuidado puede ampliar la autonomía, pero también puede convertirse en una exigencia de administrar individualmente riesgos que tienen origen laboral, urbano o ambiental. La diferencia entre acompañar y abandonar a la gestión solitaria de riesgos compartidos es fundamental.

La promoción de la salud y sus tensiones

La Carta de Ottawa de 1986 amplió la promoción de la salud, reconociendo la importancia de políticas públicas, entornos favorables, acción comunitaria y capacidades personales. Sin embargo, persiste la tensión entre dar poder a las personas y transferirles la responsabilidad de gestionar riesgos producidos por otros.

La promoción de la salud puede terminar promoviendo un personaje ideal: activo, moderado, informado y siempre disponible para cuidarse. Pero nadie puede anticipar y controlar todo lo que sucede. Enfermedad, discapacidad, crisis económicas o la necesidad de cuidar a otros pueden alterar cualquier organización personal.

La salud no puede convertirse en una prueba de mérito. Vivir implica vulnerabilidad, dependencia y límites. La gramática de la promoción de la salud supone que alguien puede definir qué es la salud y esperar que otros la incorporen, pero no existe una definición única y suficiente para convertirla en modelo de vida.

Conclusión: más allá de la neutralidad

El cuerpo registra todo lo que atraviesa a lo largo de la vida: aire, agua, alimentos, ruido, estrés y vivienda. Esta acumulación, conocida como exposoma, muestra que las personas no solo reciben condiciones, sino que las habitan, interpretan y, a veces, las modifican colectivamente.

Cuestionar la neutralidad de los estilos de vida saludables implica reconocer la complejidad de las condiciones sociales y evitar reducir la salud a una simple suma de elecciones individuales. El reto es acompañar y transformar, no solo exigir adaptación.

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